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martes, 8 de abril de 2014

Modernización rural y su materialización espacial en el Occidente de México

 
 
Modernización rural y su materialización espacial en el Occidente de México[1]

Manuel Antonio Espinosa Sánchez[2]

La profundización de las tendencias modernizadoras, en múltiples ámbitos de la cotidianidad de las familias campesinas en los espacios rurales en México, han ocasionado la apropiación de medios de vida industrializados y una menor relevancia de las formas de vida campesinas que se basaban en los agroecosistemas centrados en la producción de maíz blanco (Zea mays) en Cuquío, Jalisco (Hernández Xolocotzi, 1985).
Luego de realizar un programa de entrevistas, trabajos grupales y de recuperación de información geoestadística para el caso de la organización Asociación de Productores de Juchitlán en la localidad de Juchitlán del municipio de Cuquío, nos proponemos presentar aquí un primer análisis de los datos e información que obtuvimos de las doce familias de cinco integrantes en promedio que conforman esta organización situada en tal localidad en el Occidente de México.
De manera sintética, los hallazgos nos sugieren que en esta organización existe 1) una recurrencia a formas de trabajo asalariado (jornales) e ingresos no agrícolas, 2) un creciente consumo de satisfactores producidos de forma industrial y 3) una mayor dependencia de mercados monetarizados e intercambios en cuya producción de valor ellos no participan (Figura 1).

Figura 1. Diagrama de importancia del flujo de satisfactores familiares en la organización Productores de Juchitlán SPR de RL en la localidad de Juchitlán, Cuquío, Jalisco en México con base en el origen de su ingreso y destino de su consumo.
 Inputs&ouputs del sistema
Fuente: Elaboración propia.

Esta modernización ha implicado, entonces, que para este campesinado el cultivo de maíz –como monocultivo y como policultivo de traspatio o ladera asociado con frijol o calabaza (cuamil)- es decir, la configuración de su agroecosistema se presenta como ‘importante y menos importante’ con relación al total de sus entradas (monetarias y en especie). Al mismo tiempo, sus salidas o consumo se encuentran referidos a productos y servicios satisfactores que ellos no producen, lo que representa la adopción de un patrón de vida de carácter urbano en un paisaje rural de asentamientos humanos dispersos y con un entorno de campos de cultivo.[3]
En términos de los medios de vida en Juchitlán, las transferencias monetarias y en especie (subsidios) de las instituciones gubernamentales y las remesas que son enviadas por integrantes de las familias desde los EEUU fueron estimadas como un 40% de sus ingresos anuales. No obstante, ante las restricciones laborales para los inmigrantes en los EEUU, estas remesas tienden a reducirse y a varias familias ya les ha impactado. Los gastos diversos que usualmente eran destinados a mejoras en su vivienda o mantenimiento del medio de transporte familiar, cada vez son más reducidos y en varios casos nulos.
Dentro de este panorama rural, nos indicaron los médicos que atienden a esa localidad, es frecuente encontrar niños y niñas con talla baja, algunos casos de desnutrición severa y muchos de obesidad que están originados principalmente por el consumo de ‘comida chatarra’ (frituras diversas, bebidas gaseosas azucaradas, golosinas y panecillos) que supone alrededor de 10% a 15% de su gasto monetario anual. Esto va a la par de la reducción en el consumo de hierbas silvestres, huevo y carne de gallina de traspatio y de tortillas de maíz caseras,[4] entre otros alimentos tradicionales que se han sustituido por alimentos precocinados y enlatados. Esto es consistente con los datos de la Encuesta Nacional de Salud que revela un drástico cambio en las preferencias alimentarias en México y sus impactos en nutrición.[5]
         No obstante desde la agroecología mantenemos un punto de vista crítico hacia los monocultivos industrializados –por sus impactos en el ecosistema y en la base productiva agrícola-, nos parece que la escalada modernizadora en el espacio rural ha logrado impactar aspectos cruciales de todo el sistema territorial campesino entre los cuales el monocultivo de maíz se muestra como una manifestación modernizadora más (Haenn & Wilk, 2006). Lo que ahora constatamos es el tránsito de una autodependencia y forma endógena de vida campesina hacia una mayor dependencia de satisfactores y medios de satisfacción exógenos e industrializados en la medida en que el trabajo, sustento e intercambios dejan de estar enraizados en la producción campesina dentro de su finca o unidad productiva (Hernández Xolocotzi, 1985).
Como hemos observado, los ingresos familiares con origen en el trabajo asalariado, las remesas de los emigrantes en los EEUU y los subsidios gubernamentales posibilitaron el tránsito de medios de sustento local (agua de pozo, huaraches, vestido rústico, curanderos, caballo, alimentos producidos localmente y de recolección silvestre, etc.) a medios de sustento moderno (agua embotellada, zapatos y ropa de manufactura industrial, medicina moderna, vehículo motorizado, alimentos industrializados, etc.) con lo que se logró la incorporación de esta localidad un mercado de consumo de bienes industrializados (Espinosa S., 2013).
Entonces, no ha sido el monocultivo de maíz –puesto que el cultivo industrial más bien representa beneficio para las trasnacionales semilleras y de agroquímicos- lo que ha permitido cierto poder adquisitivo en estas familias rurales. Ha sido el acceso a otras fuentes de ingresos no agrícola (flujo de dinero) lo que ha posibilitado este cambio en los medios de vida campesinos y sus satisfactores.
Sin embargo, es muy debatible si estas nuevas pautas de consumo en el espacio rural son preferibles que las anteriores y, sobretodo, si son socioeconómicamente sostenibles a largo plazo, en tanto dependen de que el flujo de dinero continúe dinamizando la economía local en Juchitlán a través de las transferencias externas declaradas por los socios de la organización. Otra circunstancia muy distinta sería que esta modernización rural –el consumo de satisfactores industrializados[6]- estuviera cimentada en la producción campesina de valor a través de su actividad agropecuaria.
Por lo anterior, creemos que el monocultivo del maíz como fuente de riqueza monetaria y crecimiento económico no ha sido tal, y sólo logró parcialmente el abandono de la agricultura campesina –la de policultivos o cuamiles- y restarle importancia como medio de sustento en el espacio rural como ya ha sido señalado en Espinosa S. (2013). Más aún, observamos que las familias campesinas, como sugiere Arturo Escobar (2010) para toda Latinoamérica, lejos de ganar en bienestar y estabilidad, se encuentran en una situación de dependencia del suministro de alimentos procesados, de fuentes de trabajo asalariado, de transferencias monetarias del extranjero o institucionales para sostener sus pautas de vida actuales que, como es posible apreciar en las estadísticas oficiales sobre nutrición, no son precisamente las más saludables.
De esta forma, observamos que ya no sólo existe una imposición en las formas de cultivo y sus insumos –fomentada por las agroempresas y agencias gubernamentales- y una presión hacia el campesino que tiene que vender su cosecha a precios bajos, sino que existe una forma de dominación y explotación del campesinado a través del consumo de satisfactores industrializados que, si bien ofrecen cierto grado de confort y sensación de bienestar, es evidente que el ‘nuevo terrateniente’ –el que impone precio y condición- en el territorio campesino mexicano es el acumulado de empresas industrializadoras de bienes: FEMSA, Nestlé, Maseca, Marinela, Sabritas y otras. Estos espacios rurales han sido incorporados a los circuitos de modernización no sólo por la vía del monocultivo sino por la vía del consumo.
Es así que, aunque paisajísticamente Juchitlán sea una localidad que muestra escenarios agrícolas y flora natural, en realidad se encuentra inmersa en la dinámica del flujo mercantil de satisfactores industrializados que transforman –el territorio campesino- en un ‘punto de venta’ más; esto implica una nueva forma de materialización espacial de la reproducción social de las familias rurales.
Dicho de otro modo, por lo visto en las formas de vida de los integrantes de esta organización rural en Juchitlán, actualmente los medios de vida campesinos no están en manos del propio campesinado ni en su configuración agroecológica y tampoco enraizado en su territorio. Más bien su territorio ha sido desmantelado y reconfigurado por la modernización mediante la aparición de medios de ingreso y trabajo asalariado que han redundado en el consumo de mercancías diversas cuyos precios y condiciones de compra-venta no están para ser negociados porque son determinados por ‘el mercado’ y sus dueños que son empresas trasnacionales industriales que fungen como ‘el nuevo terrateniente’ del espacio rural, antaño campesino y altamente centrado en el manejo de sus recursos naturales y su configuración agroecosistémica.

Bibliografía

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Haenn, N., & Wilk, R. R. (2006). The environment in anthopology: a reader in ecology, culture and sustainable living. Nueva York y Londres: New York University Press.
Hernández Xolocotzi, E. (1985). “Graneros de maíz en México” en U. A. (Comp.), Obras de Efraím Hernández Xolocotzi (págs. 205-230). México, DF: UACH.


[1] Este artículo muestra una primera sistematización derivada de mi investigación titulada “Desmantelamiento y civilización de los territorios campesinos. La eficiencia y resiliencia de sistemas socioecológicos maiceros de subsistencia en Cuquío, México”.
[2] Maestro en Gestión y Desarrollo Social (Universidad de Guadalajara) manuelantonioespinosa@gmail.com, Twitter: @manuel3108     http://mx.linkedin.com/pub/manuel-antonio-espinosa-s%C3%A1nchez/33/968/b40/
[3] Véase en https://maps.google.com/y busque ‘Juchitlán, Cuquío, Jalisco, México’ para visualizar imágenes satelitales de la localidad.
[4] Las tortillas de maíz caseras se hacen con todo el grano de maíz, por lo que es rico en fibra. Las tortillas de maíz industrializado no contienen fibra. Esta caso de empobrecimiento del contenido nutricional de un alimento procesado es posible verlo también en la leche industrializada que ha sustituido a la leche de vaca. Los entrevistados mencionaron que esto es así porque es muy caro mantener una vaca por sus requerimientos de alimento y agua.
[5] Véase en http://ensanut.insp.mx/ el resumen ejecutivo y el informe en extenso que ofrece el Instituto Nacional de Salud Pública y la Secretaría de Salud del gobierno federal mexicano.
[6] Otro debate tendríamos que ofrecer, en otro momento, respecto de las bondades aparentes y las limitaciones de fondo que implica una sociedad industrial como paradigma civilizatorio.

La modernización de los sistemas agrícolas campesinos maiceros en México =Parte III=

Parte III

Los agroecosistemas y la praxis campesina contemporánea

En la diversidad de agroecosistemas centrados en la producción de maíz en México (Toledo et al., 2001), se encarna la disputa por dos modelos arquetípicos de agricultura, la industrial y la campesina, y en virtud de ello podemos entender el conflicto como luchas de clases porque lo que está en juego es la imposición de un sistema agroalimentario capitalista que busca la apropiación de la riqueza socialmente creada (valor) y de los bienes comunes como es la Naturaleza (Naredo, 2005).

En contraste, la agricultura campesina tiene como orientación la reproducción social sin romper las redes tróficas de los ecosistemas (Altieri, 1999), la coevolución de arreglos cosmogónicos biosociodiversos (Toledo et al., 2001) y de corpus-praxis en que descansan estos sistemas agroalimentarios (Van der Ploeg, 2010). Los agroecosistemas campesinos conforman una serie de distintas materializaciones de formas bioespecíficas de sociohistoricidad en tanto que son improntas de sujetos socioecológicos que se han ido adaptado según condiciones ecológicas específicas, preferencias culinarias y particularidades climáticas, imaginarios e historia local, entre otros múltiples factores (Haenn y Wilk, 2006).

En la dinámica de dicho antagonismo en México, encontramos organizaciones campesinas que han sido capaces de vincular su propia utopía (Bloch, 2004) a los referentes de la agricultura campesina y constituir un proyecto propio de agricultura sustentable, en este entendido, podemos hablar de la emergencia de un sujeto social que, relanzado desde su interpretación utópica de su cultura mesoamericana reconstruye su historicidad de forma material a través de sus formas diversas de praxis campesina (política y bioeconómica) lo que configura sus agroecosistemas.

Y al mismo tiempo, el capitalismo agroalimentario ha colocado los alimentos procesados y a la comida rápida de franquicia como un suministro mercantil –en oposición a la alimentación tradicional como identidad culinaria (Turrent Fernández, Serratos Hernández, Espinosa Calderón y Álvarez-Buylla Roces, 2013)- que se enlaza a la lógica de productividad, eficiencia e innovación tecnológica como motor civilizatorio (Bartra, 2008), lográndose así una alineación de la producción industrial de cultivos y su consumo masivo. De esta forma, la alimentación industrializada y de marca comercial (que con los transgénicos sería ‘de patente’) se coloca en la cotidianidad e intersubjetividad de las ‘formas de vida social avanzada y productiva’ al estilo Wall Street (Rosset, 2007). Así se pretende una continuidad entre diseño genético de cultivos, producción agrícola industrializada, transformación industrial de commodities y distribución masiva de alimentos precocinados.

Coherente con lo anterior, a través de las redes de telecomunicaciones, se opera la diseminación vía el marketing del imaginario neoliberal e individualista que promueve y justifica el fast food bajo la ética de la productividad y ahorro de tiempo para trabajar más, para obtener más dinero y, eventualmente, mayor bienestar (Holt-Gimenez y Shattuck, 2011). El producto de la ecuación modernizadora anterior, es la reproducción del capital que ha sabido desarrollar un discurso inmanente de la productividad individual, su correlato práctico en un ensamblaje de la cotidianidad alineado a la lógica industrial para producir riqueza y la masificación del consumo de mercancías alimentarias que simbolizan, sintetizan y representan los valores del individuo con orientación a la producción de riqueza:

“Dentro de estos linderos, solo reinan la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. La libertad, pues el comprador y el vendedor de una mercancía, v. gr. de la fuerza de trabajo, no obedecen a más ley que la de su libre voluntad. Contratan como hombres libres e iguales ante la ley. El contrato es el resultado final en que sus voluntades cobran una expresión jurídica común. La igualdad, pues compradores y vendedores sólo contratan como poseedores de mercancías, cambiando equivalente por equivalente. La propiedad, pues cada cual dispone y solamente puede disponer de lo que es suyo. Y Bentham, pues a cuantos intervienen en estos actos sólo los mueve su interés” (Marx, 2001: 128-129).

Así, nuestro marco conceptual para analizar la emergencia de movilizaciones campesinas supone la consideración del fenómeno antagónico de luchas de clases y su análisis en términos de cómo se verifica este conflicto en la apropiación y manejo de los recursos naturales visto en el agroecosistema (Astier, Masera y Galván, 2008), así como los orígenes de la subjetividad campesina que han generado su conciencia contestataria y su acción política.

En efecto, cuando el IPCC (2012) sugiere recurrir a sistemas agrícolas sustentables (Sarukhán, Carabias, Koleff y Urquiza-Haas, 2013), las organizaciones campesinas redefinen su proyecto recurriendo a un conjunto de estrategias orientadas a la sostenibilidad de sus sistemas productivos principalmente ante el fenómeno del cambio climático (Turrent, Wise y Garvey, 2012). Sin embargo, si asumimos un punto de vista materialista en el análisis de la praxis (Sánchez Vázquez, 2003) de estos sujetos sociales, hemos direccionar la atención a las formas de acción transformadora en dos ámbitos principales, a saber, hacia la naturaleza (las formas en que configuran sus agroecosistemas) y las relaciones sociales que se reflejan en las relaciones de producción (Marx, 2001).

En síntesis, nuestra formulación para el análisis de los agroecosistemas centrados en la producción de maíz (Gliessman, 2007) de tales sujetos sociales de la campesinidad en México, como los integrantes de la Campaña Nacional Sin Maíz no hay País y otros, retomamos conceptos centrales de los estudios que se han realizado desde la agroecología (Altieri, 1999), de las investigaciones rurales desde el marxismo (Bartra, 2011), y de los estudios sobre la epistemología latinoamericana desde la perspectiva de los sujetos sociales (Zemelman y Valencia, 1990). Desde aquí, buscamos explicar lo que estos sujetos de la campesinidad han entendido en relación con la sustentabilidad (Foladori, 1999) en el manejo social de sus recursos naturales, cómo han ido reformulando su proyecto colectivo como latinoamericanos (Escobar, 2010) y cuáles son los obstáculos que enfrentan de frente a los límites del crecimiento.

Más allá de la comprensión capitalista del desarrollo como crecimiento económico (Brundtland, 1987), las movilizaciones campesinas en México parecieran recurrir a un discurso sobre la importancia del maíz que, recogiendo lo mejor de las argumentaciones económicas, incorporan saberes propios y apelan al ámbito de la producción simbólica (Alvarez-Buylla Roces, 2011) que, sin duda, habrá que explorar con mayor profundidad.

Así, la sustentabilidad de la producción del maíz en México, de frente al cambio climático y en respuesta al capitalismo agroindustrial, pareciera que no sólo transita por las relaciones tróficas que de suyo se analizan desde la agroecología, y que son reveladoras pero insuficientes, sino que la historicidad campesina (Dussel, 1991) incorpora de manera sobresaliente los ámbitos de su conciencia cultural como cosmogonía latinoamericana descolonizadora (Escobar, 2010) y quizás desde ahí está generando su propia narrativa altermundista de civilización y de repolitización de la reproducción social y ecológica (Leff, 2011).

Ideas finales

Los imperativos propios de la actual fase del capitalismo neoliberal e informacional en el seno de esta fase de la modernidad (Bech, Giddens y Lash, 1994), para el caso del sistema agroalimentario contemporáneo centrado en la producción de maíz en México, consiste en una dinámica de reproducción del capital en manos de una agroindustria desterritorializante gracias a las redes tecnológicas de comunicación y que se ha arropado en el discurso tecnológico ante el cambio climático para apropiarse del sistema agroalimentario, de una vez por todas, mediante la imposición de cultivos transgénicos e insumos comerciales (Turrent Fernández, Serratos Hernández, Espinosa Calderón y Álvarez-Buylla Roces, 2013).

Al mismo tiempo, el capitalismo agroalimentario, ha impuesto los alimentos procesados y comida rápida (y en general la alimentación moderna) como un objeto mercantil que simboliza productividad, eficiencia e innovación que se alinea con la producción industrial de cultivos bajo el modelo del agronegocio, en donde el agricultor es un administrador y gerente.

En tal escenario, recurrimos a las categorías de luchas de clases, sujeto social y agroecosistema para sugerir algunas implicaciones que tiene el capitalismo y el cambio climático en el sistema agroalimentario maicero en México; particularmente para proponer un marco conceptual para el abordaje de la emergencia de movilizaciones sociales campesinas y sus proyectos utópicos en México, sus consecuencias en términos de la sostenibilidad y las ligas que han construido hacia y desde la agricultura mesoamericana tradicional.

Bibliografía consolidada de las tres entradas

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La modernización de los sistemas agrícolas campesinos maiceros en México =Parte II=

Parte II
Zapatistas en la milpa

Sujeto social, agroecosistema y luchas de clases en México

Como hemos venido argumentando, el cambio climático ha constituido la oportunidad para que el capitalismo informacional (Bech, Giddens y Lash, 1994), en su versión agroempresarial mexicana, privatice el sistema agroalimentario de maíz (Massieu y Lechuga, 2002). De frente a ello, organizaciones campesinas, haciendo uso de su capacidad de agencia (Sen, 2000), se han movilizado a diversas escalas y en distintos ámbitos para reposicionar la agricultura campesina como alternativa al excluyente corporativo agroindustrial, al capitalismo en su versión “verde” y como alternativa civilizatoria (Espinosa, 2013).

Este conflicto, por su naturaleza multidimensional y compleja, nos demanda un análisis que recupere las estrategias de movilización de estos sujetos sociales (Zemelman y Valencia, 1990) de frente a dos constructos conceptuales que nos son fundamentales, las relaciones sociales hacia la Naturaleza (y viceversa) conceptualizada como agroecosistema (Gliessman, 2007) y la estructura social como cristalización de la historia antagónica entre el capital y la praxis, bajo el concepto de luchas de clases (Marx y Engels, 2012).

Los sujetos sociales, según Zemelman y Valencia (1990) son aquellos que, atendiendo a su capacidad de praxis (Sánchez Vázquez, 2003), condensan en sus prácticas, utopías y proyectos una direccionalidad intencionada al desenvolvimiento histórico en el que se sitúan. Así, la historicidad de los sujetos sociales está conformada por las formas en que se han venido estructurando la relaciones sociales y cómo éstas se materializan o concretizan en el presente. Al mismo tiempo, estos sujetos sociales tienen la opción de transformar sus formas de relación social y, así, impulsar formas distintas de estructuración social que se pueden expresar en diversas dimensiones y con distintos grados de materialización, sean marcos jurídicos e instituciones y en formas de producción, pero que en cualquier caso están referidas a sus relaciones sociales. Esto es, los sujetos sociales impulsan una dinámica (dialéctica) de productos (históricos) producentes de realidad que dan forma y contenido a su espacio-tiempo y que son reflejo del devenir de las relaciones sociales en las que están inmersos.

En el caso que nos ocupa, son las organizaciones campesinas que, encontrándose bajo relaciones sociales concretas, y ante una clase social que busca profundizar en la estructuración social bajo el paradigma de la reproducción del capital, se reconocen con la capacidad de oponer resistencia a una tendencia de poder y buscan imprimir direccionalidad (opuesta) para imponer otras formas de reproducción social e historicidad. Esto es, en última instancia, un conflicto antagónico:

“Más, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra, es un hecho común a todas las épocas históricas. Nada tiene pues de extraño que la conciencia social de todas las épocas pasadas, pese a toda su enorme variedad y a sus grandes diferencias, se atenga a ciertas formas comunes de conciencia, que sólo desaparecerán, cuando desaparezcan totalmente los antagonismos de clase” (Marx y Engels, 2012: 48).

Así, el antagonismo entre diversos grupos sociales es una disputa por el poder que, bajo el sistema capitalista actual, se ha traducido en una dominación política a través de la despolitización de la producción de alimentos (como el maíz) y explotación social mediante la privatización del sistema agroalimentario.
La despolitización opera, en mi opinión, mediante el proceso de fetichización que ya Marx ha explicado y que en este caso corresponde a aquella urgencia sobre la necesidad de producir más alimentos básicos y que termina imponiéndose a todos los agentes rurales, a la sociedad entera y al Estado mismo; de tal forma que la búsqueda de mayor productividad demanda la innovación tecnológica que, como es el caso de las semillas transgénicas y los agroquímicos, al estar en manos privadas, el sistema agroalimentario entero se privatiza. En realidad, el cambio climático y la distribución asimétrica de alimentos encubren, bajo el discurso científico, formas de relación social que son de explotación y dominación. Finalmente, de los temas que son del interés del ciudadano (de la polis) está la alimentación porque atiende a satisfacer una necesidad vital de la colectividad y que, sólo bajo las formas de producción capitalistas, se podría entender como objeto de mercantilización y lucro.
En efecto, el establishment agroalimentario maicero (Delgado Cabeza, 2010) ha despolitizado el antagonismo entre corporativo neoburgués y campesinado al revestir su discurso de un economicismo tecnológico en donde nociones como productividad y eficiencia ocultan el monopolio tecnológico (en donde Syngenta, Dupont y Monsanto poseen el 80% del mercado mundial de insumos agrícolas) y el monopolio de canales de comercialización (en donde Cargill, Maseca y Minsa controlan casi todo el mercado mexicano). Existe una invisibilización de lo político porque se pretende ocultar la nueva embestida de explotación capitalista en la que ahora se pretende la privatización, ya no sólo de los bienes comunales como los ríos y los servicios ecosistémicos (Martínez Alier, 2011), y de los medios de producción como la tierra, el dinero y los conocimientos tecnológicos (Altamira, 2006), sino también un componente clave de la vida, la información genético-molecular contenida en las semillas de maíz (y de otros cultivos).
De esta forma, la privatización o exclusivización del sistema agroalimentario maicero, bajo el sistema de patentes, en definitiva, oculta ideológicamente la dominación (política) y la explotación (económica y ecológica) de la clase neoburguesa agroindustrial sobre las clases campesinas bajo el argumento cientificista de producir más alimentos, de contrarrestar el cambio climático y de (re)“modernizar” el agro. Este es el antagonismo de clase que las organizaciones campesinas, como sujetos sociales con capacidad de agencia, exhiben al confrontarse con los poseedores del capital:
“Es aquí en donde el imaginario social se despliega, formulando y reformulando la relación entre lo vivido y lo posible, entre el presente y el futuro. La utopía transforma el presente en horizonte histórico, mas no garantiza la construcción de nuevas realidades” (Zemelman y Valencia, 1990: 94).

Lo que garantiza la construcción de nuevas realidades, sugerimos aquí, es la posibilidad de construir un proyecto colectivo concreto que reestructure la realidad histórica y la reescriba con nuevas formas de praxis campesina para la reproducción social, es decir, a partir de un nuevo paradigma civilizatorio. Es por esto que necesitamos ubicar nuestro análisis en el ámbito de la praxis del trabajo (visto en relaciones ser humano y naturaleza) y al mismo tiempo en la praxis revolucionaria (visto en relaciones de producción) (Sánchez Vázquez, 2003).
Si las organizaciones campesinas productoras de maíz buscan imponer un paradigma civilizatorio propio a contrapelo del proyecto de dominación y explotación de la neoburguesía agroindustrial y bajo una comprensión crítica del cambio climático como evidencia de la insustentabilidad del capitalismo (Bartra, 2008), es necesario que su proyecto político atienda nuevas formas de configuración de los agroecosistemas maiceros que materialicen formas simétricas (no explotadoras) de relaciones sociales y de apropiación ecológica.
La (agri)cultura campesina, como proyecto político de las organizaciones de agricultores maiceros en México, está referido a un cosmos, corpus y praxis de fuerte contenido cultural con raíces tradicionales mesoamericanas que fueron coevolucionando a la vez que domesticando sus ecosistemas, lo que dio por resultado la configuración de multiplicidad de agroecosistemas (Toledo et al., 2001).
De manera breve, diremos siguiendo a Gliessman (2007) y a Van der Ploeg (2010) que los agroecosistemas son aquellas unidades productivas integradas a los paisajes ecológicos y de asentamientos poblacionales en las que los grupos humanos y comunidades expresan, su cosmogonía en la ‘arquitectura agronómica’; esto es, el marco de comprensión de su realidad y su articulación con su percepción del universo (tangible e intangible), de su origen y destino como grupo humano (Alvarez-Buylla Roces, 2011). Esta cosmogonía se encuentra fuertemente entremezclada con aprendizajes y saberes (corpus) fruto de su experiencia en el manejo de sus ecosistemas, de su flora, fauna y componentes abióticos, como el agua, el clima y la energía solar. De esta forma, cosmos y corpus moldean su praxis, formas materiales de transformación de su entorno natural y de organización social (estructuras de castas, grupos o clases, formas de relaciones) que, siguiendo a Haenn y Wilk (2006), son dinámicas y van redefiniendo su corpus y su cosmos.
Dado que el capitalismo en su fase actual se ha desbordado hacia la creación de mercancías-símbolo para estructurar identidades e intersubjetividades en torno a marcas y manufacturas de estatus (Giddens, 2000), la recuperación de la agricultura campesina como proyecto político resulta clave para (re)politizar el debate contestatario hacia la hegemonía capitalista en el sistema agroalimentario mexicano centrado en la producción de maíz, en términos de luchas de clases (Bartra, 2011) mediante la concretización de nuevas prácticas agronómicas que hacen uso de insumos naturales (vs. químicos), abonos verdes (vs. fertilizantes nitrogenados), fitomejoramiento campesino (vs. semillas híbridas), entre otras, lo que resulta en un manejo sustentable de los agroecosistemas maiceros (Altieri, 1999), a partir de la formulación de conocimientos campesinos locales sobre sus suelos, climas y entorno ecológico (Toledo et al., 2001), entre otros saberes con origen en la cultura mesoamericana (Figura 1).

Figura 1. Sujetos sociales en lucha de clases disputando el agroecosistema.
La disputa por el agroecosistema de maíz en México
La disputa por el agroecosistema de maíz en México


A la vez, la búsqueda de reapropiarse de los canales de comercialización (intercambios), actualmente monopolizados por las trasnacionales (Maseca y Cargill), a través de mecanismos de agregación de valor de sus cosechas, se orienta a contrarrestar una muy antigua práctica pequeñoburguesa, la intermediación (Massieu y Lechuga, 2002). Además, ante el axioma de que el conocimiento tecnológico es de uso exclusivo, propio de capitalismo contemporáneo que ve en los saberes colectivos una mercancía, las organizaciones campesinas han sido capaces de establecer intercambios de conocimientos y aprendizajes bajo el modelo “campesino a campesino”.

En definitiva, observamos que la batalla política que se libra en el seno del sistema agroindustrial centrado en la producción de maíz en México entre las organizaciones campesinas y el establishment agroindustrial capitalista (Delgado Cabeza, 2010), constituye una forma en la que hoy se verifican las luchas de clases (entre campesinado y neoburguesía) que no se circunscribe a la ortodoxia marxista sino que sugiere la recomprensión del propio Marx (Bartra, 2011). Es en el seno de este conflicto en el que es posible comprender cómo estos sujetos sociales tratan de imponer su propia historicidad (Zemelman y Valencia, 1990), referida a la agricultura campesina y reinventada por ellos mismos, o sea actualizada bajo una forma del proyecto utópico (Bloch, 2004), que se concretiza en formas precisas de manejo de sus agroecosistemas (Astier, Masera y Galván, 2008), lo que va conforme un cosmos, corpus y praxis propias que difiere entre los diversos grupos de campesinos que conforman las redes en distintos estados de México, la Campaña Nacional Sin Maíz no hay País en casi todo el país y La Vía Campesina a escala planetaria (Rosset, 2007).
Esta diversificación y pluralidad de conciencias de clase (campesina) han puesto en jaque a la agricultura del agronegocio que, ante el cambio climático, quisiera extraer ciertos componentes sustanciales de la agricultura campesina para insertarlas en la lógica del capital. Para distinguir el fenómeno, retomaremos –de manera preliminar- categorías socioecológicas originadas en el marxismo y la agroecología, que abordaremos en la siguiente entrada.

La modernización de los sistemas agrícolas campesinos maiceros en México =Parte I=

La clase beneficiaria del capitalismo pareciera estar, una vez más, reinventando su discurso –a la vez que soslayando su responsabilidad con relación al cambio climático- y ha subsumido la noción de sustentabilidad tomando ciertas prácticas campesinas que le son cómodas y revistiéndolas de innovación tecnológica.


Industrialización agroalimentaria para la reproducción del Capital
Industrialización agroalimentaria para la reproducción del Capital

Allá por el Siglo XX, posterior a la Segunda Guerra Mundial, la Fundación Rockefeller establece en México lo que a la postre sería el Centro de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT)[1] y, así, da inicio la Revolución Verde (Pichardo, 2006) con el profesor Norman E. Borlaug a la cabeza. La agricultura industrial maicera fue impulsada desde las esferas gubernamentales desde la década de los cuarentas hasta la fecha. Sin embargo, la agricultura tradicional, hoy campesina, ha sobrevivido el embate de más de cinco siglos de extractivismo mercantil (Tortolero, 1996), de modernización rural (Bartra, 2011) y, recientemente, de capitalismo agroindustrial (Massieu y Lechuga, 2002) bajo el influjo neoliberal (Nadal y Wise, 2009).

El capitalismo agroindustrial del maíz en nuestros días, es decir, el capitalismo referido al espacio rural y la producción del cereal para consumo humano en México, se ha caracterizado por un fuerte proceso de harinización. Esto es, siguiendo a Massieu y Lechuga (2002) el sistema de producción y comercialización de maíz –con el apoyo de la economía política gubernamental- ha sido cedido al control monopólico de la industria harinera (siendo las mayores Maseca y Minsa) quienes, en el marco del TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) y con el apoyo de líderes campesinos, lograron imponer un sistema agrícola que dependiente de las cotizaciones de precios del maíz de la Bolsa de Chicago.[2] Así, las harineras mexicanas con el soporte de ASERCA (Apoyos y Servicios para la Comercialización, dependiente de la Secretaría de Agricultura),[3] determinan los cupos de importación de grano necesario acorde a las cosechas agrícolas mexicanas (Nadal y Wise, 2009). El déficit nacional es resuelto mediante la importación de grano producido principalmente en Estados Unidos (SAGARPA-FAO, 2012) con lo que se vulnera, en síntesis lo que ahora comprendemos como soberanía alimentaria acorde a Tetreault (2012).

Por el lado de la producción, tal agricultura industrial mexicana depende de semillas híbridas, agroquímicos y fertilizantes sintéticos que son manejados como paquete. La siembra, cosecha y acarreos a los almacenes se realiza de forma mecanizada; son las harineras quienes compran la mayor parte de la producción de maíz blanco en México y que, posterior al proceso de transformación, comercializan a las miles de tortillerías que se ubican principalmente en zonas urbanas del país (Massieu y Lechuga, 2002).

En breve, la agricultura maicera en México, ha recurrido no sólo al desmantelamiento de los sistemas productivos del cultivo tradicional de maíz y a la neutralización de la estructura organizativa que se fue conformando a través de los ejidos y de los gremios, sino que además ha recurrido a la erosión de la identidad campesina vinculada a la tierra y al maíz como patrimonio cultural y lo ha tornado en mercancías susceptibles de valoración en mercados virtuales de libre competencia (Nadal y Wise, 2009).
Como ha sido señalado por Harvey (1998) la actual fase del capitalismo presenta la siguientes características:
  1. Desterritorialización de producción (Altamira, 2006), lo que sugiere la posibilidad de establecer distintas fases productivas en distintos lugares, pero continuar con una lógica de ensamblaje en serie (toyotismo).
  2. Emergencia de la automatización y mecanización robótica, la flexibilidad laboral y el outsuorcing como forma de dilución de las relaciones trabajador-patrón (Fair, 2008).
  3. Uso intensivo de las redes comunicacionales y satelitales para la diseminación de contenidos simbólicos e intersubjetivos asociados a estilos de producción (trabajo asalariado) y consumo (De la Garza, 2001).
  4. Introyección e integración de marcos culturales de modernidad posmoderna, como discurso autoaclaratorio que despolitiza la pobreza, la política y la naturaleza; emergen encapsuladas en mercancías simbólicas (Melucci, 2002).
Así, con la recurrencia del capitalismo al ámbito de la producción de significados, el capital se transgrede sus tradicionales ámbitos productivos y se anida también en la industria de los símbolos-manufacturas que generan patrones de consumo globales a través de la red de escaparates audiovisuales de la televisión y la internet (Altamira, 2006).

Por su parte, el sistema agrícola mexicano que produce maíz, se ha visto envuelto en dicha vorágine desterritorializadora del capitalismo en tanto la impronta del agronegocio, o sea, la consolidación de un sistema que requiere de paquetes tecnológicos de alta productividad y con alta demanda de combustibles fósiles (Altieri, 1999) e intensivos en capital (Toledo, Alarcón-Chaires y Barón, 2002).
Este sistema agrícola centrado en la producción de maíz en México se viene a trastocar con el fenómeno del cambio climático, como veremos en una posterior entrega, aunque la capacidad del capitalismo para reinventarse puede constituir un golpe final para la agricultura campesina (Holt-Giménez, 2009). Pero quizás no del todo.


* Bibliografía se encuentra en la entrada final de esta serie, Parte III.