martes, 15 de julio de 2014

Descolonización y praxis en el modo de producción capitalista en Nuestra América: ¿es posible una academia no eurocéntrica?

Fiesta del Cristo de Teponahuasco (2014). Cuquío, Jalisco, México. Fotografía: Manuel A. Espinosa.[1]




Resumen
Nos planteamos la pertinencia de la descolonización en la América Latina actual en la que el modo de producción capitalista es hegemónico. Retomando el discurso de algunos investigadores latinoamericanos, buscamos justificar el sentido de la descolonización en nuestra región-tiempo y tendemos lazos hacia la noción de praxis como saber y hacer para la liberación, mientras que discutimos cómo la ciencia occidentalizada ha justificado la dominación social, la explotación económica y la depredación cultural, y cuáles podrían ser las pautas para una academia no eurocéntrica, descolonizada y revolucionaria.


Introducción
La reproducción de las estructuras y prácticas coloniales de dominación y explotación han sido legitimadas desde el conocimiento científico eurocéntrico, que ha estado ligado históricamente a las Clases del poder, quienes han sido capaces de justificar las transformaciones políticas y sociales necesarias para perpetuar el modo de producción capitalista.
Desde el pensamiento crítico descolonizador de autores como Rivera-Cusicanqui, Mignolo, Tapia y Escobar, nos proponemos en dos apartados revisar el contexto histórico de nuestra región en el que es pertinente la aproximación descolonial para posteriormente revisar brevemente las implicaciones que ello tendría para la academia latinoamericana.
En este trance, la noción de praxis constituye una categoría central que nos permitirá articular la crítica del discurso descolonial hacia la ciencia del poder y sus categorías con pretensiones de universalidad, superioridad y racionalidad. Esto es, proponemos que categorías como subdesarrollo, raza y ciencia constituyen ejes conceptuales profundamente coloniales que posibilitan invisibilizar las vías emancipadoras latinoamericanas y reproducir el status quo de dominación, por lo que con De Souza-Santos discutiremos qué implicaría para la academia de la región una sociología de las emergencias y de las ausencias y con Mignolo cuál podría ser una ruta de desobediencia epistémica, o como dice Dussel para una política de la liberación.

El modo de producción capitalista y Nuestra América
El muy largo ensayo de Eric Hobsbawm, sobre los sucesos históricos más relevantes del siglo pasado a escala mundial, según su entender marxista, es una detallada compilación e interpretación de cómo las disputas por el poder y la geopolítica hicieron del tiempo y del espacio mundializado su patio de recreo de manera que

El siglo XX corto acabó con problemas para los cuales nadie tenía, ni pretendía tener, una solución. Cuando los ciudadanos de fin de siglo emprendieron su camino hacia el tercer milenio a través de la niebla que les rodeaba, lo único que sabían con certeza era que una era de la historia llegaba a su fin. No sabían mucho más (Hobsbawm, 1999, p. 549).
No obstante, el hilo conductor de tales procesos históricos, propone el autor en cierta forma, pueden ser leídos como la historia de la reproducción del capital y las transformaciones sociohistóricas y económico-políticas necesarias para perpetuarse como paradigma civilizatorio legitimador del establishment global que, entre sus disputas y retórica demagógica sobre el desarrollo, el progreso y la modernización, lograron llegar a un tercer milenio, con incertidumbres sí, pero que ha consolidado su posición de dominación y explotación sobre los grupos sociales subalternizadas.
Por su parte, David Harvey ataja la cuestión histórica reciente haciendo una lectura sobre la posmodernidad como paradigma civilizatorio contemporáneo y discurre sobre sus implicaciones

Las preocupaciones posmodernas (se centran más) por el significante más que por el significado, por el medio (dinero) más que por el mensaje (trabajo social), el énfasis en la ficción más que en la función, en los signos más que en las cosas; estética más que en la ética, sugieren una consolidación y no una transformación del rol del dinero tal como lo define Marx (Harvey, 1998, p. 122).

De tal forma la historia mundial contemporánea, coincidimos con lo autores, no ha sido sino un proceso de adecuaciones societales para permitir la apropiación del plusvalor por parte de esta nueva burguesía transnacional y con la benevolencia de las élites de burócratas como funcionarios públicos de los aparatos e instituciones de los Estados-nación que reciben directrices de las agencias multilaterales y de los corporativos financieros.
En este sentido, de manera muy convincente Claude Raffestin hace una muy atinada geografía del poder, en donde destaca cómo se fueron construyendo las redes y nodos, los centros y periferias, los límites y fronteras de las clases burguesas y de sus procesos de reproducción del capital a lo largo del planeta mediante procesos tecnológicos, mediante la construcción de identidades de consumo, mediante la apropiación de recursos

Los  recursos  no  preexisten  en  las  sociedades,  no  son  “naturales”; sus propiedades son “inventadas” por las sociedades y son variables en el tiempo, según los valores de uso y de cambio que cada sociedad les atribuye; cosas ocultas o casi, desde que se fundó la geografía, que parecen evidentes cuando se escribe claramente, pero que se olvidan en la práctica (Raffestin, 2011, p. 5).

Es justamente en esta construcción de sistema-mundo –para recordar a Wallerstein- de carácter burguesa en la que queremos centrarnos en esta breve reflexión, pues ha sido en el devenir y avatares que la reproducción del capital requirió para perpetuarse de forma incierta al inicio de este tercer milenio bajo el signo de la posmodernidad donde emergió la noción geopolítica de Tercer Mundo como categoría epistemológica de Nuestra América en términos de constituir un continente subdesarrollado. En efecto
la pregunta que se hicieron los postestructuralistas no fue “¿cómo podemos mejorar el proceso de desarrollo?”, sino “¿por qué, por medio de qué procesos históricos y con qué consecuencias Asia, África y Latinoamérica fueron ‘ideadas’ como el ‘Tercer Mundo’ a través de los discursos y las prácticas del desarrollo?” (Escobar, 2005, p. 18).

Es esta pregunta fundamental la que ha movilizado a un par de generaciones de intelectuales, líderes sociales y promotores comunitarios y que actualmente podríamos identificar en la tendencia política-académica de la descolonización,[2] en la que nos concentraremos en el siguiente apartado y que por lo pronto dejaremos en espera porque queremos redondear nuestra explicación sobre el modo de producción capitalista y su discurso desarrollista y cómo ello ha posibilitado la subalternización de nuestro continente, en lo general, y de ciertos grupos sociales, en lo particular.
Consecuente con lo anterior, retomamos la reflexión Porto-Gonçalves que se esmera en señalar en que la Historia se ha empeñado en justificar los procesos de colonización, dominación y explotación de los recursos naturales y la población nativa de América Latina en un primer momento, gracias a una noción lineal y progresiva (cartesiana) de la historia construida desde los centros de poder en Europa. Acto seguido, con la ayuda de la Antropología, Sociología y Economía se logró justificar la imposición del modelo político y económico liberal cuya expresión histórica ha sido el capitalismo y el Estado moderno de Derecho (Mignolo, 2010), con lo que fue posible la prosperidad de una burguesía americana y europea que subalternizaron y explotaron a grupos sociales de afroamericanos, indígenas, mujeres y ancianos (Spivak, 2010). Todo lo anterior, en virtud de un pensamiento cartesiano autolegitimado como superior, inmanente y racional

Lo que se critica aquí no es la idea de pensamiento universal, pero, sí, la idea de que hay uno y solamente un pensamiento universal, aquel producido a partir de una provincia específica del mundo, Europa y, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aquel conocimiento producido a partir de una sub-provincia específica de Europa, la Europa de habla inglesa, francesa y alemana, a fin de cuentas, la segunda moderno-colonialidad, que insiste en olvidar el conocimiento producido en la primera moderno-colonialidad, aquella de habla española o portuguesa (Porto-Gonçalves, 2009, p. 122).

En última instancia, como argumenta Aníbal Quijano, la Ciencia europea logró desarrollar un discurso en donde se naturalizó la superioridad del europeo (hombre, blanco y cristiano) tenía que imponerse sobre la inferioridad del nativo; de tal forma que la conquista, la matanza, la depredación y explotación de las sociedades amerindias por parte de colonizadores, primero, y burgueses, después, se hubo de consolidar con la noción de la Biología y de la Antropología de raza europea (superior) e indígena (inferior)

La formación del mundo colonial del capitalismo, dio lugar a una estructura de poder cuyos elementos cruciales fueron, sobre todo en su combinación, una novedad histórica. De un lado, la articulación de diversas relaciones de explotación y de trabajo-esclavitud, servidumbre, reciprocidad, salariado, pequeña producción mercantil –en torno del capital y de su mercado. Del otro lado, la producción de nuevas identidades históricas, "indio", "negro", "blanco" y "mestizo", impuestas después como las categorías básicas de las relaciones de dominación y como fundamento de una cultura de racismo y etnicismo (Quijano, 1992, p. 1).

Por lo tanto, asistimos a un proceso colonial de larga duración en Nuestra América que consiste no sólo en ocupación e imposición armada de la dominación política y económica por parte de europeos, sino de categorías epistémicas que se forjaron desde las ciencias sociales (eurocéntricas) para reinterpretar y justificar la dominación y explotación que necesitaba la burguesía (y la nobleza decimonónica) para sobrevivir y que, recientemente, se amparó bajo el discurso del (sub)desarrollo y del progreso

De ese modo, el proceso de constitución de tal estructura de poder mundial no consistió solamente en el establecimiento de relaciones sociales materiales nuevas. Implicó también y en el mismo movimiento, la formación de nuevas relaciones sociales intersubjetivas (… ) El racismo y el etnicismo fueron inicialmente producidos en América y reproducidos después en el resto del mundo colonizado, como fundamentos de la especificidad de las relaciones de poder entre Europa y las poblaciones del resto del mundo. Desde hace 500 años, no han dejado de ser los componentes básicos de las relaciones de poder en todo el mundo. Extinguido el colonialismo como sistema político formal, el poder social está aún constituido sobre la base de criterios originados en la relación colonial (Quijano, 1992, p. 1).

Por todo lo anterior, los estudios descoloniales se empeñan en discutir y criticar las categorías epistémicas y los saberes científicos occidentales, dado que históricamente han estado aparejados a los procesos de dominación política, subyugación cultural y explotación económica de la burguesía (Mignolo, 2010); mismos que se reproducen a diversas escalas y magnitudes (entre familias, pueblos y comunidades) de forma naturalizada, en donde la dominación en términos género, de lengua o de apariencia se presupone como dada de forma acrítica e inmanente cual identidades históricas esenciales pero que constituyen una estructura socialmente construida y reproducida para la explotación, pues

nunca, nunca antes en la historia de la sociedad humana se había dado, en proporción a la potencial producción de riqueza sin desperdicios, una polarización tan espectacular de esa riqueza –es decir un, efectivamente, desperdicio de riqueza que convive con la insatisfacción de las necesidades básicas de la mayoría–, una brecha tan monstruosa entre ese 20% de la población mundial que concentra el 80% de la riqueza (de toda la riqueza, comprendiendo el “capital simbólico” del que hablaba Bourdieu) y su relación inversa: esto solo bastaría para calificar sucintamente al sociometabolismo del capital de asesino serial masivo. o, si se quiere, de genocida a una escala históricamente desconocida (Grüner, 2011, pp. 20-21).

En síntesis, el proceso colonial no es un proceso unidimensional, sino múltiple que abarca circuitos económicos y de intercambios, estructuras de poder y autoridad, formas de explotación y depredación ecológica, patrones legítimos de intersubjetividad y intrasubjetividad, y un corpus-praxis racional y científico civilizatorio cuyas categorías epistemológicas y hermenéuticas –universalizadas- se imponen a todos los grupos sociales subalternizados (Echeverría, 2013).


Descolonización y praxis en el Sur
Debemos estar advertidos de que “los estudios poscoloniales en América Latina han generado una inmensa controversia, en la cual se incluye hasta el título bajo el cual fueron concebidos” (Iglesias & Gutiérrez, 2010, p. 91). Sin embargo, más allá de las diferencias entre los líderes académicos, existe un cierto consenso en que

la ciencia es solo un invento de la modernidad, un instrumento de dominación, y se puede prescindir de ella. No hay diferencia entre el cuentacuentos y el historiador porque, para ellos, ambos hacen literatura con alguna pretensión de veracidad. Esto tal vez se deba a su asunción del papel de la historia como conciencia filosófica de la modernidad (Iglesias & Gutiérrez, 2010, p. 97).

Una interesante aproximación crítica al proceso de colonización como el que propone Mignolo (1996) está dado en los estudios de Gayatri Chakravorti Spivak en los que ha examinado la filosofía: cómo Kant repudió al aborigen; cómo Hegel colocó al Otro de Europa dentro de un modelo de desviaciones normativas con respecto a sí misma y cómo el sujeto colonial depuró a Hegel;[3] de manera que en su análisis reconoce una larga gestación del pensamiento superior que ha buscado justifica que

mientras el Norte sigue en apariencia «ayudando» al Sur -al igual que antes el imperialismo «civilizaba» el Nuevo Mundo-, la aportación crucial del Sur en el mantenimiento del estilo de vida del Norte, hambriento de recursos, queda repudiada [foreclosed] para siempre. En los poros de este libro, se apunta a la idea de que el prototipo del informante nativo repudiado [foreclosed] en la actualidad es la mujer más pobre del Sur (Spivak, 2010, p. 18).

Sin embargo, el mundo de las ideas que justifica un orden mundial de dominación no es meramente cuestión de los clásicos, sino es un proceso vivo contemporáneo que se reproduce y recrea en las academias actuales

La idea de un proceso de globalización relativamente singular emanando de unos pocos centros hegemónicos permanece dominante (... ) Desde una perspectiva filosófica y sociológica, la raíz de la idea de una creciente y omnipotente globalización subyace en la concepción de la modernidad como un fenómeno esencialmente europeo. Recientes desafíos a esta concepción desde locaciones periféricas han cuestionado el supuesto no examinado –encontrado tanto en pensadores como Habermas, Giddens, Taylor, Touraine, Lyotard, Rorty, etc., así como en Kant, Hegel y en la Escuela de Frankfurt antes que ellos– de que la modernidad puede ser explicada totalmente por referencia a factores internos de Europa. Las concepciones de Habermas y Giddens han sido particularmente influyentes, dando origen a un género de libros sobre modernidad y globalización (Escobar, 2003, p. 55).

Entonces, el horizonte de posibilidad sobre Otros mundos y otra epistemología se hace crucial para entendernos como latinoamericanos y para nuestro proyecto civilizatorio (Grüner, 2011). Por ello, autores como Balandier (1973), López-Segrera (s/f), Quijano (1992), Escobar (2005), Rivera Cusicanqui (2010), Echeverría (2013), y otros más se han concentrado recientemente en dar cuenta de las rutas alternas que en la historia latinoamericana nos hemos ido construyendo pero que han sido invisibilizadas por el poder, en palabras de Orlando Fals Borda

Al seguir considerando este tema desde el ángulo teleológico, hallé relativamente fácil hacer la recolocación de la utopía y relacionarla con la construcción de un socialismo democrático posible. En primer lugar, resultó evidente que los escritores utópicos no hacían uso exclusivo de su imaginación sino que se basaban en hechos observables. Las utopías tenían raíces y entronques con culturas conocidas, y se concibieron mediante novedosas combinaciones de patrones existentes, como si los autores hubieran querido desafiar, en esas formas, a las sociedades en las cuales vivían, así como también retar al statu quo (Herrera & López, 2012, p. 450).

Así, la utopía latinoamericana que se autopropone escapar de la opresión y de la dominación de Clase, en realidad es la respuesta consecuente que Francisco López-Segrera nos propone desafiante en términos de la posibilidad de construir un pensamiento y práctica propia de la región que escape de las categorías que usa el poder para reprimir, invisibilizar y dominar (López-Segrera, s/f). En términos de De Souza-Santos (2010) es clara la necesidad de descolonizar el conocimiento y el llamado pensamiento científico pero que va aparejado de nuevas prácticas colectivas, construcción de intersubjetividad Sur-Sur y en última instancia de un nuevo paradigma político como señala atinadamente Tapia (2006).
Si es necesario descolonizar el saber y reconstruir la práctica, entonces nos referimos a que es tarea fundamental de los estudios descoloniales la sistematización de la praxis latinoamericana como sugiere Fals Borda

Quedan por examinar otros componentes latinoamericanos que sirvan para la recuperación planteada. Ya he hecho una defensa general de las utopías, y he interpretado las Revoluciones de 1989, los legados de Guevara, Torres y la Revolución Cubana, y el insumo técnico de Bariloche. Los aportes adicionales de esta clase por fortuna son muchos y variados. Provienen principalmente de movimientos populares y sociales que se institucionalizaron y se convirtieron en partidos radicales durante los últimos veinte años, y de agrupaciones que han adoptado formas de acción para la democratización, la comunalidad y el respeto a la heterogeneidad y a la diversidad en las sociedades (Herrera & López, 2012, p. 455).

Pero no sólo hemos de referirnos a que la praxis (revolucionaria) en el Sur se encuentra preferentemente en los procesos históricos que han sido un hito en nuestra historia, sino sobretodo en los procesos y movimientos sociales que parten de una utopía de cambio y desafían al poder, que se implican con una forma alternativa de conocer su entorno y que derivan en colectividades y relaciones sociales simétricas que asumen la otredad y la diferencia (mujer, indígena, campesina), como sugiere De Souza-Santos (2006) y otros académicos en términos de que

este sujeto revolucionario y este horizonte histórico-utópico de sujeto son los que se disuelven y nihilizan en la posmodernidad mediante efectivos procesos de fragmentación, discursivamente sobredeterminados y legitimados por la discursividad filosófica posmoderna (Grüner, 2011, p. 82).

No intentaremos hacer aquí un recuento de procesos sociales revolucionarios ni de los sujetos sociales de la praxis descolonizante (Modonesi, 2010) porque excede los límites de esta reflexión que simplemente aboga por la pertinencia de la descolonización en Nuestra América imbuida en el modo de producción capitalista y, por ello, la centralidad de la praxis en la academia,  en la comunidad y en las movilizaciones sociales.[4]
Como hemos venido argumentando, la relevancia de la descolonización como pensamiento crítico tiene consecuencias prácticas y epistémicas porque implica una forma nueva de conocer y de hacer, de aprender y relacionarse, de interpretar y construir colectividad, de razonar y valorar la alteridad en función de la praxis revolucionaria para la liberación (Dussel, 2007).
Si bien esta cuestión atañe de manera muy cercana a diversos segmentos sociales, como líderes sociales (Grosfoguel & Almanza, 2012) o servidores públicos (Bautista, 2014), en tanto roles informales y formales de liderazgo colectivo, respectivamente, creemos que tiene particular relevancia para el caso de investigadores y académicos tanto cuanto agentes institucionales del saber (De Souza-Santos, 2010).
Como han sugerido Quijano (1992), Harvey (2004), De Souza-Santos (2006), Escobar (2010), Mignolo (2010), Grosfoguel & Almanza (2012), Echeverría (2013) y de manera sobresaliente Orlando Fals Borda en los textos que compilaron Herrera & López (2012), los procesos de explotación y dominación colonial que requiere el modo de producción capitalista han sido posibilitados por la epistemología cartesiana cuyo lugar de enunciación contemporáneo –como atinadamente señala Spedding (2011)- ha sido eurocéntrica y anglosajona y cuyos intelectuales orgánicos acorde a Gramsci (1970) se vienen desempeñando como académicos e investigadores de las universidades occidentales, impulsores de la ideología científica, del pensamiento universal y del conocimiento racional.
En el caso de los académicos en Nuestra América, la praxis en el Sur no puede ser otra que aquella que se constituye a partir de una sociología de las ausencias y de las emergencias (De Souza-Santos, 2010),[5] esto es que desenmascara cómo la ciencia del poder activamente produce la alternativa como si no existiese, y cómo el vacío del futuro cartesiano (lineal) en realidad es un futuro de posibilidades múltiples y concretas, tanto utópicas y como realistas, lo que coincide con otros autores dado que esa ha sido la pauta histórica de la colonialidad
Según Echeverría, debido a la catástrofe ocasionada por la Conquista y la Colonia, el siglo XVII americano se caracterizaría por la discontinuidad de la vida americana con respecto a la vida europea y la vida prehispánica. En estas condiciones, el hombre americano de aquel siglo no podría hacer otra cosa que poner en funcionamiento el programa barroco: la (re)construcción de Europa en América y de lo prehispánico en dicha (re)construcción, lo que daría como resultado la reconstrucción (paradójica) de lo inexistente (Cevallos, 2012, p. 121).
En el sentido anterior, afirmamos que
la geopolítica del conocimiento ignora y descree (deslegitima) la diferencia colonial (epistémico y ontológica) y afirma saberes construidos en distintas ubicaciones históricas, reindica el pensar indisciplinado por las disciplinas de la modernidad. Con la geo y corpopolítica del conocimiento, la geografía de la razón se invierte. Y con ella, el hecho de asumir que todo está pensado desde el “corazón” del imperio (el corazón que se apropió del concepto de razón) (Mignolo, 2010, p. 45).
De tal forma, la desobediencia epistémica que propone Mignolo (1996) y el saber desde el Sur según De Souza-Santos (2006) pone en cuestión el saber experto, el conocimiento sistemático, y la interpretación tecnócrata cuyo thelos consiste en justificar el status quo como su lugar de enunciación dado que ello sólo contribuye a profundizar la colonialidad del poder que se expresa en el modo de producción capitalista acorde a Grüner (2002).
En efecto, como señala López-Segrera (s/f) al cuestionarse sobre la posibilidad de categorías epistemológicas no eurocétricas útiles para una hermenéutica de la liberación, en realidad se cuestiona sobre la posibilidad de institucionalizar procesos pedagógicos y académicos descolonizadores; en vez de reproducir las categorías del poder: “desarrollo sustentable”, “progreso y modernización”, “conocimiento científico”, etcétera. En última instancia, se sugiere que las instituciones académicas y sus profesores e investigadores en Latinoamérica han constituido –en muchos casos- centros de reproducción colonial de las estructuras de dominación y del discurso eurocéntrico (Tapia, 2013).
Tal y como coinciden Spedding (2011) y Rivera Cusicanqui (2010) en sus respectivos discursos sobre la pertinencia y su propia comprensión de la descolonización, el principio de especificidad del lugar de enunciación –que para nuestra reflexión está referida a los centros de investigación y universitarios- constituye una cuestión central en la descolonización y nos conduce nuevamente a la noción de praxis, esto es, no puede haber liberación o emancipación (Dussel, 2007) si el conocimiento o saber no surge de la acción política desde y con las clases subalternas.
Más aún, como claramente señala Mignolo (2002) al referirse a los aportes metodológicos de Silvia Rivera-Cusicanqui, diremos en nuestros términos que la ciencia descolonizadora no sólo es un cambio en las categorías discursivas y analíticas –que critiquen la noción de desarrollo, raza o género- sino que además de un activismo político (de la mano) con los sujetos subalternizados, los estudios descoloniales implican a los propios sujetos en los procesos de producción y utilización del conocimiento.[6]
Es decir, la descolonización como paradigma político liberador de Nuestra América no sólo aspira a un corpus retórico-conceptual y una praxis política, sino que también se cuestiona para qué y para quién se conoce, y de qué forma se realiza la actividad de conocer sistemáticamente.
Como es posible apreciar en los diversos textos que consignan Martínez, Chapela & Ruíz-Velasco (2013) en el tema de la salud y en Rivera-Cusicanqui (1990) para el tema de la historia comunitaria, la operativización metodológica en los procesos de investigación científica bajo el paradigma de la descolonización transita por cuestionarse investigación para quién, cómo y desde dónde; a pesar de las contradicciones y obstáculos que describe crudamente Andrés Aubry con relación a la posibilidad institucional de hacer ese tipo de investigación en las diversas academias latinoamericanas pues el investigador promedio
tiene un arsenal de “conocimientos” que no sirve a nadie, mientras que él no “sabe” nada de lo que a todos principalmente importa (Wallerstein, 2002). Por algo tiene que pagar a un informante para dar sustento a su futura publicación sobre futilidades que son golosinas para el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología pero ajenas a las preocupaciones de todos. El libro saldrá al público a destiempo, cuando la realidad en él analizada seguro ya ha cambiado, a veces drásticamente; ninguno de los involucrados lo leerá, si acaso alguno que otro lo hará a duras penas como algo intrascendente o riéndose de la imagen comunitaria que presenta dicha publicación. Más allá de su libro o artículo –de poca utilidad para desalfabetizados desde la Conquista–, su investigación carece de una devolución concreta a la comunidad. Sin regreso ético a quienes la padecieron, se torna indignamente extractiva –sacando información como se extrae materia prima de una mina– sin beneficio para quienes la proporcionaron (Aubry, 2011, p. 59).
Por lo anterior, consideramos aquí que la relación entre saberes y práctica para la liberación o para la descolonización se encuentra mejor reflejada en la noción de praxis (Gramsci, 1970) porque los conocimientos y estrategias colectivas que emanan de la praxis no son elucubraciones de aula, de laboratorio o de biblioteca –aunque algunos contenidos e ideas sean discutidas en algún punto en tales escenarios- sino que se detonan en las comunidades, grupos y familias con quienes se hace ciencia social y para quienes se produce el conocimiento. En última instancia, por ejemplo, a nadie realmente le interesa lo que sucede dentro del Movimiento Al Socialismo (MAS) en Bolivia como le importa a los propios integrantes del colectivo boliviano (Pukura, 2010), son ellos los protagonistas del proceso social y  quienes –si así lo consideran pertinente- a los que interesa una explicación histórica de su coyuntura política; los demás podremos ser interesados solidarios.
La investigación para la descolonización tiene que ser componente operativo de la praxis revolucionaria de los propios sujetos sociales, y es para ellos, desde ellos y con ellos como tendrían que configurarse los procesos de construcción de saberes y acciones colectivas, de manera que la separación entre academia y práctica política no es sino una frontera artificial y sesgada ideológicamente bajo el discurso de la neutralidad y pureza científica que, en última instancia, beneficia al poder pues le permite reproducir su bagaje conceptual “científico” que posibilita perpetuarse en las posiciones económicas, culturales y sociales de poder.
Ideas finales
Nos parece que el reto para el ámbito académico latinoamericano no sólo se encuentra en las categorías cartesianas con que se analiza Nuestra región, sino también en una reproducción de las lógicas verticales y extractivas de saberes por parte del investigador hacia los sujetos investigados. Más aún, la versión occidentalizada de este académico latinoamericano se encuentra separada de cualquier vínculo hacia los colectivos y comunidades para argumentar neutralidad  y objetividad en el proceso y resultados que deberán validar –no la propia colectividad que se analiza- pares académicos a quienes realmente no les interesan tales resultados sino que meramente cuidan la pulcritud del proceso analítico y manejo de datos. Es evidente que esta investigación no se hace porque al grupo social o comunidad o movimiento colectivo les interesa conocerse a sí mismos o retomarse de manera diferente con el apoyo de un facilitador externo, sino a petición de una comunidad científica y por interés el interés personal y curiosidad del propio académico.
La narración de Rivera-Cusicanqui (1990) sobre la tradición oral permite transparentar los términos, la metodología y las técnicas que podrían ser empleadas en los casos de investigación para la liberación, para la praxis de los sujetos.
Únicamente señalaremos que las posibles metodologías y técnicas que un colectivo puede utilizar para (re)conocerse o investigarse, para (re)apropiarse y aprehenderse, han de pasar no sólo por el manejo y adaptación de algunas técnicas etnográficas y las ya conocidas del trabajo comunitario y popular, sino por aquellas formas de expresión artística que incluye la pintura, pero también la música, los cuentos, la poesía, la artesanía y la danza. De tal suerte que si la pretensión del conocimiento latinoamericano es la de servir a la acción liberadora, es necesario voltear hacia las expresiones que condensan los momentos históricos y los almacenan en la memoria social a través de un mural, un ‘corrido’, una leyenda o un poema; aunque en nuestra experiencia tales síntesis se encuentran formuladas como formatos complejos y anidados en fiestas-celebraciones de varios días, que incluyen ritos, bailes y recitales como
Los qamiris (que) operan, además, desde y a partir de una serie de (bio) lógicas económico culturales propiamente andinas y son pues estas lógicas de vida, en las que la reciprocidad y la fiesta son fundamentales, las que, en verdad, fundan una verdadera propuesta alternativa (Pukura, 2010, p. 179).
 

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[1] Véase el sitio https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10152438484383168.1073741895.773238167&type=1&l=fec81d45b9 para obtener una breve descripción de la festividad e imágenes adicionales.
[2] Nosotros entendemos la descolonización como la describe Walter Mignolo: “Hay que tener presente la distinción histórica entre a) la de-colonización política en África y Asia, entre 1947 y 1970 aproximadamente y, b) la de-colonización epistémica. Ramón Grosfoguel ha descrito esta última como “segunda decolonización” y Catherine Walsh y Nelson Maldonado Torres se refieren a ella bajo el término de “de-colonialidad”. La ventaja pedagógica de la de-colonialidad sobre decolonización es doble. Por un lado, nombra la tarea de desvelar y deshacer “la lógica de la colonialidad” y, por otro lado, nombra un proyecto y un proceso que deberían ser distinguidos de los diversos significados atribuidos a la “pos-colonialidad” (Mignolo, 2010, p. 19).

[3] Como señala Eduardo Grüner: “la teoría poscolonial está “informada” en muy alta medida, por la afiliación teórico-metodológico a la “alta” teoría francesa postestructuralista: notoriamente –por sólo nombrar a los grandes paradigmas- al pensamiento de Jacques Lacan, Michel Foucault o Jacques Derrida (anotemos, de piso, nuestra duda respecto a que el pensamiento de Lacan pueda ser tan fácilmente etiquetable como postestructuralista). Y es justamente la “intrusión” de estas sofisticadas teorías europeas en el trabajo de pensadores como Edward Said, Homi Bhabha o Gayatri Chakravorty Spivak –todos ellos provenientes de sociedades ex colonizadas como Palestina, Pakistán o la India, si bien formados en las universidades del Primer Mundo- lo que ha causado mayores controversias” (Grüner, 2002, p. 171), como es sabido, por ejemplo, para Silvia Rivera-Cusicanqui.

[4] Para profundizar en algunos sujetos históricos y movimientos revolucionarios, véanse los textos de Balandier (1973), Hobsbawm (1999), Mignolo (2002), Harvey (2004), Dussel (2007), Rivera Cusicanqui (2010), Pukura (2010), De Souza-Santos (2010), Spedding (2011), Grosfoguel & Almanza (2012), Tapia (2013), Bautista (2014), entre otros, particularmente las referencias bibliográficas que presentan sus textos.
[5] Véase cómo en Balandier (1973) éste hace una referencia al trabajo del francés Maunier titulado ‘sociología de la colonización’ en la que se minimiza el problema e impactos de la colonialidad.
[6] En nota anterior se refirió cómo Maunier minimizó los impactos e implicaciones de la colonización (Balandier, 1973). Seguramente, si la sociología de la colonización la hubiera escrito algún acasillado o mujer nativa de alguna colonia francesa en Argelia, la valoración de dicho proceso histórico hubiera sido el opuesto.

viernes, 13 de junio de 2014

La praxis campesina de REDCCAM hacia la sustentabilidad de su agroecosistema maicero en Michoacán de frente al Cambio Climático y en respuesta al Capitalismo

Resumen
El capitalismo como forma de organización social dominante entraña una relación anidada con la naturaleza que se ve reflejada actualmente en el cambio climático que afecta los agroecosistemas campesinos en México, amenazando la producción de maíz. La Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC) es una red de organizaciones rurales a nivel nacional que ha venido implementando una serie de estrategias y prácticas agrícolas sustentables, que pueden estar constituyendo un esfuerzo campesino de acción transformadora (praxis) para mitigar y adaptarse al cambio climático y en contrapropuesta al capitalismo en su expresión rural; en Michoacán está la Red de Empresas Comercializadoras Campesinas de Michoacán (REDCCAM) con 17 organizaciones de base en 29 municipios. Desde un enfoque participativo, nos proponemos con la REDCCAM exponer su praxis campesina en Michoacán considerando el manejo de su agroecosistema hacia la sustentabilidad. Esta discusión retoma cuatro debates importantes para la sociología rural y la agroecología: la explicación de la praxis campesina de pequeños productores de maíz organizados en México, la comprensión del espacio rural contemporáneo y la noción del agroecosistema, el análisis de la crisis civilizatoria socioecológica a escala local y el problema del desarrollo, y finalmente describir cómo se construye hoy la sustentabilidad local ante el cambio climático y el capitalismo global en sus aterrizajes locales.




Introducción
El estado de Michoacán ocupa el tercer lugar en la producción de maíz blanco con casi el 20% de la producción del grano en México (SAGARPA-FAO, 2012). Además del maíz, el estado es un importante productor de sorgo junto con los estados de Guanajuato, Jalisco y Sinaloa que en conjunto producen el 63% del total nacional en el ciclo primavera-verano (SAGARPA-FAO, 2012). En tanto que para esta ARIC la producción de granos básicos representa a la mayoría de los campesinos que agrupa y es la problemática más compleja y que le consume más esfuerzos, esta investigación se centra en los campesinos que cultivan tales productos en la región del Valle de Guayangareo y particularmente en el tema del maíz blanco para consumo humano.
La praxis campesina que es posible de ser apreciada en esta región rural de Michoacán, puede ofrecer una perspectiva crítica para acercarse a la noción de sustentabilidad y al tema del cambio climático en el contexto de la reproducción del capital en su fase globalizada y financiera (Rubio, 2008).
Presentamos a continuación una serie de antecedentes de la REDCCAM y nuestro posicionamiento de frente al fenómeno del cambio climático, mientras que discutiremos brevemente el concepto de sustentabilidad. Posteriormente, presentamos cómo la organización de campesinos se ha insertado en el modo de producción capitalista y cómo esto ha configurado su agroecosistema y posibilitado una construcción amplia de su territorialidad. Finalmente, discutimos nuestra noción de praxis campesina y apuntaremos algunas ideas finales.

Antecedentes de la REDCCAM
La Red de Empresas Comercializadoras Campesinas de Michoacán (REDCCAM) agrupa a 17 organizaciones de productores (Tabla 1) en 29 municipios (Figura 1) que suman alrededor de dos mil socios y clientes situados en la región del Bajío, en el estado de Michoacán, y que junto con Jalisco y Guanajuato conforman una de las regiones agroproductoras más importantes del país, donde se cultiva un alto porcentaje de maíz, trigo y arroz, y forrajes como sorgo, avena y alfalfa en México.

Tabla 1. Relación de asociadas a la REDCCAM y su producción principal.
Organización asociada a la REDCCAM Producción principal
1. Productores Rurales del Bajío SPR de RL Maíz, sorgo y trigo
2. Arroceros del Valle del Márquez SPR de RL Arroz y subproductos.
3. Procesadora del Valle de Camucuato, SPR de RL Fresa y zarzamora.
4. Ignacio López Rayón Ejido Aguacaliente, SPR de RL Maíz criollo y forrajes.
5. Temascales los Huizachales SPR de RL Alimentos balanceados
6. El Jacal del Oriente SPR de RL Ganado ovino y engorda de bovinos
7. Derivados Lácteos de Michoacán SPR de RL Lácteos
8. Productores y Transformadores de Tarejero SPR de RL Alimentos balanceados
9. Impulsora Agropecuaria Chavinda SPR de RL Maíz, sorgo y trigo
10. El Jorullo, SPR de RL Ciervo rojo
11. Servicios Agropecuarios Guaracha, SPR de RL Maíz, sorgo y trigo
12. Grupo Glalcaixt, SPR de RL Hortalizas y flores
13. Ganaderos Unidos de Temascales, SPR de RL Ganado ovino
14. Agricultores Unidos de Ixtlán, SPR de RL Maíz, sorgo y trigo
15. Agricultores Unidos Región Guayangareo, SPR de RL Semilla certificada, maíz, sorgo y trigo.
16. Productores Agropecuarios Guaracha, SC Maíz, sorgo y trigo Maíz
17. Unión de Ejidos Lázaro Cárdenas del Río Maíz
Fuente: Archivos REDCCAM.

Figura 1. Mapa de localización de las organizaciones que constituyen a la REDCCAM.
Localización de organizaciones de la REDCCAM
Localización de organizaciones de la REDCCAM
Fuente: archivos de la REDCCAM.

La Red de Empresas Comercializadoras Campesinas de Michoacán, ARIC de RL (REDCCAM) en su trayectoria organizativa ha atravesado por tres periodos importantes que inicia a partir del año 2003 a la fecha.
Un primer periodo abarca del año 2003 al 2004, al que nombramos como la constitución, donde por intereses comunes se integran 10 organizaciones de productores para hacer frente al problema de mercado de granos, y con el apoyo financiero del Programa de Fomento a Empresas Comercializadoras Agropecuarias del Sector Social (PROFECA) en el marco del programa Alianza para el Campo de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa).
El segundo periodo abarca del 2005 al 2007, el cual definió el desarrollo organizativo, donde se vislumbra el mayor crecimiento de las organizaciones de productores y se capitalizan con infraestructura y garantías liquidas para el impulso de los proyectos productivos, financieros y comerciales, así mismo se marca una reestructuración organizativa que genera un mayor impulso en el crecimiento de REDCCAM.
El tercer periodo abarca del año 2008 a la fecha, inicia como una etapa de consolidación, se considera como la de mayor aprendizaje y se asume una nueva forma de trabajo que sensibiliza a las organizaciones a persistir en unidad para enfrentar los problemas del mercado, financieros y de productividad.
Las organizaciones campesinas de la REDCCAM han venido experimentando desde el año 2008 una serie de problemas en diversos ámbitos, mismos que se detallan en la Tabla 2. Ante ello, y con el apoyo de Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC), han venido desarrollando estrategias organizacionales para resolver su problemática que ha afectado tanto a la producción agrícola como a la ganadería, pero que se ha concentrado en la primera.

Tabla 2. Problemática de la REDCCAM y sus estrategias organizativas.
Ámbito Estrategia
Mercado Planeación de la comercialización, diversificación de mercados, agricultura por contrato.
Financiero Diversificación de fuentes financieras, negociación de condiciones de crédito, mejoramiento de instalaciones y esquemas de pignoración, seguro agrícola y compra de coberturas, gestión de recursos y subsidios para proyectos organizaciones y equipamiento.
Productivo Autoproducción de semilla, abonos foliares y compostas y desarrollo de un esquema localizado en el manejo del cultivo con la asesoría de un experto, establecimiento de laboratorio edafológico propio.
Fuente: archivos de la REDCCAM.

En efecto, como señala el gerente de la REDCCAM y su equipo de trabajo, en términos de la producción, el problema mayor es que los cultivos en parcela han venido experimentando mayor presencia de arvenses, enfermedades e insectos depredadores del cultivo de maíz, sorgo y trigo lo que ha implicado para el campesino mayor coste de producción al tener que recurrir al uso intensivo de insecticidas y fitosanitarios comerciales, cuyos precios se han elevado. Esto implica que el margen de rentabilidad del cultivo para el productor se reduce no sólo por mermas en la producción final por ataques de insectos, sino también por la creciente variabilidad climática que se ha verificado recientemente en la zona –sequía, granizo, calor, exceso de lluvia o vientos inusuales.
Por otro lado, en términos de la comercialización, la curva de los precios de compra de los granos básicos y las condiciones que establecen los industriales harineros reducen el margen de rentabilidad por unidad de superficie y transfieren a la organización campesina de base la responsabilidad en el manejo del grano y su calidad, llegando a castigar el precio bajo el argumento de baja calidad del grano y mermas.
Finalmente, al decir del equipo técnico de la REDCCAM, el panorama se viene a complejizar con el endurecimiento de las condiciones y costes el crédito agrícola y para la comercialización, en donde es la organización campesina quien debe lidiar con los costos financieros y la logística comercial.
Este conjunto de problemas productivos, comerciales y financieros en la que se han visto envueltas las organizaciones socias de la REDCCAM y su campesinado están anclados en la lógica del saber experto, especializado y técnico. En efecto, el proceso de producción agrícola y su comercialización de excedentes –para el caso de estas organizaciones- se ha ido alejando de esa inmediatez concreta que suele ser atajada con el sentido común, con la experiencia práctica y el aprendizaje empírico; ese que es posible transmitir de forma oral. En contraste, estas organizaciones y sus equipos técnicos y directivos han tenido que formarse en los saberes expertos y adoptar la racionalidad especializada de la fase actual del modo de producción capitalista bajo el discurso del desarrollo como lo analiza Quijano (2000). Como es posible apreciar en la anterior Tabla 2, las estrategias que se han planteado estas organizaciones en Michoacán distan del sentido común inmediato y concreto, de las soluciones específicas y tradicionales; pues requieren procesos analíticos financieros, proyecciones estadísticas de producción agrícola y de estrategias de cálculo costo-beneficio que se abstraen de sentido de pertenencia, de identidad y de vínculo ajenos a la lógica con arreglo a fines que caracteriza la producción industrial. De esta forma, la inserción de estas organizaciones agrícolas en el sistema de producción y comercialización excedentaria los ha forzado a transitar hacia la apropiación del discurso conceptual-práctico del costo-beneficio financiero y de la ingeniería organizacional empresarial, no sin menoscabo del sentido de colectividad, bifurcándose, como veremos más adelante, de la praxis campesina que ha seguido su propia trayectoria.

El cambio climático y la sustentabilidad: los límites del crecimiento
El discurso de la sustentabilidad, como atributo del desarrollo, tiene origen formal en el trabajo de Donella Meadows (1998) y su grupo, y en El Informe de Brundtland (1987), a propósito de los límites físicos del planeta para perseguir un crecimiento económico ilimitado; particularmente al ritmo y escala que ha sido estimado en los llamados países desarrollados como EEUU, en donde si el resto de la población mundial consumiera energía, recursos naturales y desechara residuos como el norteamericano promedio se requerirían cinco planetas para sustentar a una población de seis mil millones de seres humanos (The Royal Society, 2012). El reporte “Nuestro futuro común: Los límites del crecimiento” hizo hincapié en reconocer formalmente que para la década de los ochenta existía ya una creciente asimetría en los procesos de desarrollo y modernización que se expresaba en inequidad en la calidad de vida que gozaban países y familias ricas en comparación con similares pobres (Brundtland, 1987).
En el contexto anterior, la noción de desarrollo se apropió del término sustentabilidad como adjetivo que habría de reorientar las estrategias de crecimiento económico de tal forma que se verificara un proceso equitativo de distribución de la riqueza y una apropiación racionalizada de recursos naturales bajo criterios de manejo que permitiera su conservación o cuando menos su reposición y reciclaje (García, 2007). No obstante, la delimitación conceptual, operativa y programática de la noción compuesta de desarrollo+sustentable o, si se prefiere, de procesos societales sustentables no resultó del todo clara y ello generó un intenso debate, a la vez que se hizo uso indiscriminado y demagógico del calificativo sustentable referido al desarrollo (Leff, 2000).
Por lo anterior, durante las décadas siguientes emergió una densa literatura académica y voces institucionales –particularmente desde los investigadores situados políticamente en los países del Norte global- sobre la conservación y manejo sustentable de recursos naturales y su vinculación con los procesos de desarrollo y crecimiento económico como ejes fundamentales que habrían de articularse con las medidas de agencias multilaterales y gubernamentales para el combate a la pobreza y marginación como muestran los trabajos de Revelle (1986), Meadows, (1998), Bossel (1999), Dobbs & Pretty (2004), entre otros.
De esta manera, la fórmula ecología-economía-sociedad se fue articulando como retórica políticamente correcta al referirse a los procesos de desarrollo –ahora sustentables- centrados en una lógica de conservación ecológica y manejo racional de los recursos naturales como eje articulador del bienestar social y viabilidad económica según explica Foladori (1999) pero que en la práctica dio origen a la hoy llamada economía ambiental como muestran los trabajos de Kremen & Miles (2012), de Constanza et al. (2007), o de Pimentel et al. (2005) y que constituye la rama ‘ecologista’ de la economía neoclásica –un típico análisis es el econométrico de Barrett (2008)- y también permitió abordajes orientados hacia la competitividad territorial como el de Porter (1998) y Boisier (2003) en donde datos agroecosistémicos e información geomercantil son manejados bajo modelos econométricos para diseñar una espacialidad geográfica técnicamente dirigida a la rentabilidad económica tomando ventaja de los potenciales ecológicos y sociales endógenos.
En definitiva, los procesos de industrialización y consumo, de extracción de materiales y de deposición de desechos realizados por la sociedad occidental –especialmente por aquellos grupos sociales enriquecidos y con mayor capacidad de consumo- no sólo han mantenido su curso sino han incrementado su escala, como señala Leff (2000) a escala global y también Rubio (2008) para el caso de la agricultura, y con ello los impactos en la variabilidad del clima que ha sido denominada cambio climático como ha venido señalando el IPCC (2007) en sus reportes.
Dicho de manera breve y sin abundar aquí por falta de espacio, que no de pertinencia, la noción de desarrollo como crecimiento económico capitalista ha sido meramente suavizada por el discurso de la sustentabilidad mientras que en la práctica se acentúa el deterioro de los ecosistemas y de los biomas, la pérdida de la biodiversidad, el trastocamiento de los ciclos de carbono, oxígeno y nitrógeno y, en definitiva, del sistema biótico y abiótico sustentador de la vida en el planeta (Elizalde, 2012).
En nuestra opinión, no es que la noción de sustentabilidad carezca de sentido o suficiente contenido conceptual para señalar la urgencia de un manejo adecuado de los recursos naturales y de cómo su apropiación social tendría que supeditarse a la capacidad de carga específica a cada ecosistema, sino que mantenemos una posición crítica en relación al concepto porque su uso demagógico por las organizaciones del capital ha sido tan tenaz, eficaz y enajenante que retomarlo como noción crítica podría representar una tarea titánica y gatopardista.
En este sentido, mientras que para la agroecología la agricultura ecológica, diversificada y multifuncional representa una vía posible hacia la sustentabilidad como afirman (Altieri & Toledo, 2011), es notorio cómo este discurso –el agroecológico que se ha difundido en las universidades como Ciencia y saber experto- está siendo apropiado por agencias multilaterales y sus organizaciones del capital, con lo que se diluye el carácter político, liberador y crítico de la agroecología como estrategia del campesinado y como ciencia del huarache que había sido señalada por académicos como Hernández-Xolocotzi (1985). En efecto, en tanto que el enfoque agroecológico sea difundido como una práctica tecnológica de carácter agronómica y con impactos ecológicos benéficos, su aguijón sociopolítico y económico es, por decir lo menos, invisibilizado.
Desde nuestra perspectiva, la producción agroecológica campesina, multifuncional, integrada y biodiversificada corresponde a una estrategia de apropiación social de los ecosistemas en función de la reproducción biosocial, lo que implica el uso de insumos locales, el autoconsumo y la comercialización de sus excedentes en circuitos cortos –que son cuestiones fundamentales en la noción de soberanía alimentaria que plantea La Vía Campesina según Tetreault (2012)-, al mismo tiempo el modo de producción agroecológica por su pequeña escala es de talante local y ello permite un sistema de intercambios y mercados menos asimétricos entre compradores y vendedores, más permisibles a la competencia equitativa y más predecibles en el tiempo, tal y como señalaran atinadamente Sevilla-Guzmán & Cuéllar (2009) y Martínez-Alier (2011).
Por lo anterior, consideramos que es fundamental que la agroecología retome e integre el enfoque de la sociología rural, el análisis de la estructura del campesinado y de la conformación de los territorios rurales. Esto es así de relevante para el caso de las organizaciones de la REDCCAM porque no es posible explicar la acción del campesinado en Michoacán desde una agroecología como tecnología de agricultura ecológica, en tanto asistimos a un agroecosistema altamente artificializado y mecanizado bajo la lógica de la Revolución Verde como es descrita por Pichardo (2006) y ello conduciría a desestimar a este grupo campesino como campesinos y quizás denominarlos agroproductores o productores industriales agrícolas.
De esta manera, y antes de hacer una breve exposición del agroecosistema de los socios de la REDCCAM y su praxis, consideramos que es importante hacer una serie de precisiones sobre cómo se inserta esta organización y sus socios en el modo de producción capitalista actual, para completar la percepción del lector sobre la estrategia de este campesinado michoacano.

El campesinado michoacano en el modo de producción capitalista
Como ya se ha venido discutiendo, la relación entre el cambio climático como lo ha descrito el IPCC (2007) y la fase actual del modo de producción capitalista, coordinada desde los ámbitos financieros y especulativos del circuito mercantil, como lo describe Rubio (2008) para el caso de la agricultura en México ha devenido en una crisis civilizatoria a escala planetaria que, como plantea Bartra (2008), se expresa en diversos ámbitos como lo son el sistema alimentario, los ecosistemas, las relaciones sociales y el propio sistema de reproducción del capital. En efecto, como es sabido, las contradicciones propias de la reproducción del capital, específicamente con respecto a la tasa decreciente de la tasa de ganancia (Marx, 2001), implica en el caso de la agricultura mexicana que ésta ha dejado de ser vista sólo como base del crecimiento económico de la industria metal-mecánica y de otros sectores industriales y por ende como posibilitadora del consumo de mercancías y manufacturas como fue planteado por Bartra (1986). Actualmente, entonces, el usufructo de la tierra, el sistema agroalimentario y de manera más amplia los recursos naturales son vistos por el capital como una arena cada vez más relevante –a la tradicional industria manufacturera- para su reproducción en tanto posibilita otras formas de negocio, sea para desplazar sus costes de producción, sea para especular en las bolsas de valores, sea para monopolizar algunos componentes del sistema que sustenta la vida en el planeta como señala Martínez-Alier (2011) sin que por ello la agricultura deje de ser palanca de la industrialización manufacturera –cuando así conviene al capitalista. Por lo que asistimos a un fenómeno reproductivo que amplía y extiende sus formas de operación para sobrellevar sus contradicciones, se diversifica y se renueva sin dejar de conservar –y, cuando es posible, acentúar- las maneras tradicionales de explotación, especialmente de la producción mercantil simple propia del campesinado (Bartra, 1972) cuya producción excedentaria necesariamente es incorporada al sistema de producción mercantil del capital y cuyo valor es ahí apropiado por empresarios harineros según describen detalladamente Massieu & Lechuga (2002) para el caso mexicano.
En el caso de la REDCCAM, como integradora de segundo nivel en Michoacán que apoya en la comercialización agrícola de sus asociadas, nos encontramos con que la producción agrícola excedentaria de sus asociadas es canalizada principalmente a Maseca y Cargill –que operan como monopolios de los granos básicos industrializados en México- y, en función de lograr la comercialización de tales excedentes al mejor precio posible –es decir, con la menor tasa de descuentos y castigos por calidad, tiempo de entrega y otros conceptos- han adoptado una logística de producción de granos –que va desde el aprovisionamiento de insumos, acopio de cosechas y hasta su almacenamiento- que los sitúa en el ámbito organizacional del tipo empresarial que señalamos anteriormente y, a su vez, ha colocado a sus socios campesinos como campesinos que practican una agricultura industrializada. Sin embargo, dicho modelo agroindustrial no ha sido una adopción libre de este campesinado, sino es una imposición estructural originada en los imperativos que establecen tales las empresas compradoras de los excedentes de las cosechas. Mientras que los campesinos producen granos básicos y otros productos agropecuarios para su reproducción social, las empresas establecen condiciones de producción y compra para su obtención de la mayor tasa de ganancia, lo que es posibilitado por la asimetría –en capital y poder político de estas empresas- y por un aparato de Estado históricamente al servicio de estos grupos de poder que se cobijan legalmente en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) y su normativa secundaria como es analizada por Ayala & De la Tejera (2007).

Monocultivos del Bajío
Monocultivos del Bajío

El agroecosistema y territorio en el Bajío michoacano
La noción de agroecosistema según Gliessman (2007), permite una delimitación heurística para abordar las interacciones entre los diversos componentes bióticos, abióticos y sociales de la unidad productiva campesina. Siendo una categoría muy abordada desde la agroecología y desde la etnoecología (Toledo, Alarcón-Chaires & Barón, 2002), el agroecosistema constituye un arreglo biosocial en donde la espacialidad materializada en la forma de apropiación de los recursos naturales es consistente con la territorialidad construida en el grupo rural, lo que origina una forma construida de territorio (Porto-Gonçalves, 2001).
En otro espacio podremos extendernos en la descripción minuciosa de los diversos componentes del agroecosistema maicero michoacano en Guayangareo, por ahora señalaremos que la unidad productiva está compuesta por tres sub-unidades superficiales, a saber, parcela propia en zona de cultivo agroindustrial, parcela rentada en zona de cultivo agroindustrial y producción de traspatio. De esta forma, la producción agrícola de granos básicos y otros forrajes, y en menor frecuencia y cantidad de hortalizas, se desarrolla en dos ciclos –de Junio-Diciembre con el temporal de lluvias y de Enero a Mayo con riego rodado- en tierras propias y rentadas. La media de parcelas bajo tenencia ejidal es de 5 ha y la de pequeña propiedad es alrededor de 10 ha. Entonces, es posible encontrar que un agricultor desarrolla su actividad en su parcela propia y que además renta una parte o la totalidad del solar de otro agricultor. Según los datos de la REDCCAM, la media de superficie cultivada por productor ronda las 7 ha por individuo, que en su mayoría son hombres pero que cada vez más hacen presencia las mujeres. La mayor restricción para ampliar la superficie de cultivo en renta, es la disposición de crédito y el cálculo que realiza el agricultor para arriesgarse con más superficie o menos (Bartra, 1976).
Por otro lado, está la producción agropecuaria de traspatio en la que es posible observar hortalizas, aves de corral, bovinos de leche, caprinos, ovinos y, en menor medida, árboles frutales. Esta pequeña producción usualmente es para el autoconsumo y tiene también funciones de ahorro, como en el caso de los ovinos y caprinos. También permite un pequeño ingreso diario mediante la venta de huevo y leche, así como quesos manufacturados de forma artesanal y con venta local.
De esta forma, parte de los esquilmos de la producción de granos básicos y forrajeros se almacenan para el autoconsumo familiar y consumo pecuario en el traspatio. Visto en términos agroecológicos, este agrosistema presenta un alto grado de modificación para facilitar las prácticas agrícolas mecanizadas, desde la siembra hasta la cosecha, pasando por la fumigación que también se realiza con la ayuda de avionetas. Así, las áreas de cultivo son tierras planas que carecen de vegetación endógena sino hasta las orillas del valle en donde sí es posible apreciar matorrales y vegetación secundaria, principalmente de caducifolias. Es notorio para los campesinos y sus equipos técnicos, la desaparición de aves migratorias –como palomas huilotas y patos- y otros mamíferos –como armadillos- y la mayor presencia de roedores –como tuzas y ratones-; y con la variabilidad climática, en contraste, han notado mayor presencia de insectos devoradores de retoños y enfermedades.
De esta forma configurado su agroecosistema, la producción industrializada que se realiza en las parcelas propias y rentadas es una fuente de ingresos monetarios y la producción de su traspatio está planeada para su autoalimentación familiar. Sin embargo, la producción agrícola no cubre el total de sus gastos económicos, según hemos podido constatar a través de las estadísticas en los archivos de la organización, en los datos del INEGI (2000) y de CONAPO (2005) y en las visitas a campo, existen tres fuentes importantes de ingresos monetarios, a saber, las remesas enviadas desde los EEUU por sus familiares, los salarios que obtienen de la venta de su trabajo en las cabeceras municipales y en menor medida los subsidios gubernamentales.
Al momento actual en el que se elabora este documento, y sin aún tener datos estadísticos precisos, sí es evidente que la mayoría de los socios de la REDCCAM perciben ingresos de, al menos, dos de las tres fuentes financieras arriba señaladas. Esta situación resulta muy importante en términos cualitativos porque si bien la noción de agroecosistema es relevante en términos de explicar la forma de apropiación de los recursos naturales –tierra, sol, lluvia- puede quedarse insuficiente para explicar el fenómeno de diversificación de medios de vida, por lo que la categoría de territorio según Porto-Gonçalves (2001) puede resultar más explicativa y complementaria para este grupo campesino que es un icono de esa nueva ruralidad (De Grammont, 2004), cada vez más independiente de la agricultura como exclusivo medio de subsistencia y más dependiente del empleo urbano y de la emigración a los EEUU.
De esta forma, la noción de territorio nos permitirá explicar que la territorialidad que se ha construido para sí este grupo campesino no se circunscribe a la región del valle de Guayangareo sino que transita hacia la zona metropolitana de Morelia –a sólo 15 minutos de las tierras de cultivo- y se extiende hacia todo el Bajío –principalmente hacia Guanajuato, a sólo 40 minutos del municipio de Valle de Guadalupe y es influenciada también por la norteamericanización de los michoacanos emigrados y que regresan cada año a sus localidades. Entonces, tenemos una noción de territorio y cotidianidad que supera lo local de la agricultura y la desborda.
Esta situación es un fenómeno que ha sido apreciado en otras latitudes como señala Pérez (2001) y De Grammont (2004), pero que tiene consecuencias poco exploradas en términos de comprender la praxis campesina contemporánea. Aunque habremos de explorar esta conexión en el siguiente apartado, adelantamos aquí la racionalidad campesina, entonces, no es sólo la que sugiere la biodiversificación de cultivos sino que es la que evita ‘poner todos los huevos en la misma canasta’, esto es, mientras que la lógica de la modernización es la de especializarse, la lógica campesina es la de diversificarse.

Tractor

Praxis y diversificación campesina
Entendemos aquí por praxis campesina:
“(…) el cruce entre la comprensión y la transformación de la realidad, es decir, surge de la imbricación de apuestas descriptivo-interpretativas y prescriptivas. Esta imbricación tiene la virtud propia de la praxis en la medida en que permite combinar inquietudes y tareas teóricas y políticas y surge de las necesidades concretas de compresión del mundo y de acción en el mismo” (Modonesi, 2010, p. 152).
De esta forma, al referirnos a la praxis campesina, estamos señalando que este grupo social integrado a la REDCCAM ha definido estrategias para su reproducción que no son adoptadas de manera ingenua e impuestas por otros grupos, sino que son autodefinidas de manera explícita. Entonces, lejos de una noción del campesinado como sujetos ignorantes y toscos, los rústicos han comprendido su realidad y se han propuesto transformarla, sin necesariamente hacer evidentes sus propósitos; es un proceso que ha sido establecido sin aspavientos pero que claramente indica una ruptura con la tendencia dominante.
Como ha sido señalado, mientras que la irracionalidad ambiental, social y política de la modernidad concretizada bajo el modo de producción capitalista tiende a la especialización como paradigma civilizatorio del progreso, del crecimiento y del desarrollo (Leff, 2000), este campesinado se ha empeñado en construirse de manera diversificada cultivando la tierra pero también recurriendo a oportunidades de empleo –como choferes, albañiles o jornaleros agrícolas-, emigrando a los EEUU y enviando remesas a sus familias y accediendo a toda suerte de subsidios –federales, estatales y municipales-, aunque éstos son cada vez más escasos; pero que en definitiva amplían su territorio -y su sentido de territorialidad- más allá del manejo de su agroecosistema.
Por su lado, la organización integradora REDCCAM y de sus asociadas han establecido un interesante plan estratégico para integrarse de manera más exitosa al hostil sistema agroalimentario mexicano, mientras que este fortalece su interdependencia hacia el sistema económico global, pero sus resultados no dejan de ser variopinto en tanto libran una batalla bastante desigual y asimétrica con las corporaciones agroalimentarias como Maseca, Minsa, ADM, Cargill, Dupont, Syngenta, DKalb y otras afines que cuentan con un enorme soporte financiero (Ayala Ortíz & De la Tejera, 2007) y con políticas gubernamentales que les vienen favoreciendo (Pichardo, 2006).
De esta forma, la REDCCAM ha supuesto que mediante la apropiación del saber experto y del conocimiento técnico-productivo y financiero-comercial podrán lograr mejoras en las condiciones de producción, cosecha y venta de los excedentes de sus socios campesinos. Sin embargo, como menciona el equipo de la ARIC y de las organizaciones de base que son sus asociadas, el grado de apropiación de la tecnología agrícola ecológica y organizacional por parte de los agricultores es incipiente, lenta y azarosa. Esta situación no necesariamente es ineficiencia en los programas de difusión tecnológica de las organizaciones y sus equipos técnicos, sino que posiblemente se explica porque la praxis campesina, la interpretación de la realidad de estos campesinos y su acción consecuente ha colocado a la agricultura agroindustrial como una fuente de ingresos adicionales –e incluso marginales- a aquellos otros que se generan por otros medios.
En una circunstancia en la que los costos de los insumos se elevan y los precios de compra de las cosechas disminuyen, y al constatar cambios en el comportamiento climático y el incremento en la presencia de organismos adversos a sus cultivos, la diversificación de estrategias económicas es una alternativa plausible. En sintonía con lo anterior, los esfuerzos de las organizaciones campesinas para procurar incrementos en la rentabilidad de los monocultivos son vistos con ojos buenos por parte de estos grupos de campiranos, pero también como una estrategia insuficiente; en consecuencia emigran, se emplean y aprenden otros oficios mientras que mantienen su vínculo con la tierra.
El enfoque de la sustentabilidad social, económica y ecológica, es analizado por los agricultores en el surco, en el rendimiento de sus tierras, en los pesos que les dan por la cosecha y en su probabilidad para seguir reproduciéndose. Dicho de otra forma, estos grupos de agrestes -sujetos del campo- han sabido aprender otros oficios para mantenerse campesinos, han sabido irse a las ciudades para permanecer en el campo, han decidido migrar y hacerse ciudadanos gringos para conservar sus raíces mexicanas, michoacanas y, en no pocos casos, purépechas. Es entonces cuando se aprecia una bifurcación en las estrategias tecnológicas de las empresas rurales en las que ‘están anotados’, como dicen ellos, y las moderadas aspiraciones que mantienen hacia tales organizaciones. Sin demeritar el enorme esfuerzo de las llamadas ‘empresas comercializadoras de granos del sector social’ y de sus equipos técnicos por apropiarse de los saberes especializados de las esferas financieras, comerciales y agronómico-productivas, el caso de la REDCCAM permite vislumbrar cómo estos sus socios, campesinos analfabetos, han sabido leer que por la vía de la especialización en los monocultivos y la agricultura industrial terminarán por ser otra cosa que no campesinos.
Como ha sido sugerido por algunos promotores rurales, si el análisis agroecológico se complementa del análisis de la sociología rural, será posible dar cuenta de cómo este sujeto social denominado campesino está empeñado en reproducirse y ha sido capaz de cambiar para permanecer y que, mientras que conserva una lógica de diversificación agroproductiva, también ha desarrollado una diversificación de fuentes de ingreso para sobrevivir. El mero enfoque agroecológico podría concluir que a estos campiranos no les interesa la ecología y el mero análisis sociológico podría sugerir que posiblemente asistimos a una suerte de descampesinización (Pérez, 2001) o a una ruralidad profundamente otra (De Grammont, 2004) y que, en definitiva, el desarrollismo que analiza Quijano (2000) ha permeado tanto en el agro michoacano que poco o nada hay que hacer más que contemplar la extinción de una Clase que se ve asediada por el Imperio agroalimentario (Ploeg, 2010) y que resiste como puede la embestida neoextractiva del capital (Martínez-Alier, 2011). Nada más lejano de la realidad.

Reflexiones finales
La praxis campesina que es posible de ser apreciada en esta región rural de Michoacán, ofrece una perspectiva crítica hacia el discurso de la sustentabilidad que ha camuflado el capitalismo salvaje contemporáneo (Bartra, 2008).
Construir alternativas civilizatorias podría transitar por una agricultura ecológica siempre que ésta venga acompañada por transformaciones en las relaciones de poder, en los sistemas y mecanismos de intercambios mercantiles y en la valoración de la naturaleza y los componentes sistémicos que sustentan la vida en el planeta (Martínez-Alier, 2011) y entonces podríamos discutir cómo operativizar la sustentabilidad (Elizalde, 2012).
Si bien las organizaciones campesinas han sido una pieza clave para que el campesinado mexicano subsista el embate de la fase actual del modo de producción capitalista (Ayala Ortíz & De la Tejera, 2007) e incluso, como en el caso de la REDCCAM, han funcionado como catalizadoras del malestar campesino y sujetos rurales que interpelan a la clase empresarial y política burguesa, tales organizaciones podrían replantear cómo esta praxis campesina interpela sus planes organizacionales y quizás podrían, refuncionalizándose, ampliar sus acciones y servicios a sus socios.
La profundización en el modo de producción capitalista no sólo ha implicado el empobrecimiento de amplios segmentos sociales sino drásticos y acelerados cambios en el clima del planeta (IPCC, 2007), por lo que una agricultura alternativa que enfríe el planeta se hace urgente pero esto no podrá ser posible sin comprender el protagonismo y la capacidad de cambio de la clase campesina.

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